lunes, 13 de mayo de 2013

Virtudes

Hay quien quiere ser un triunfador. Quien persigue desesperadamente el amor. Quien busca el trabajo de su vida. Hay, incluso, quien se busca a sí mismo... Pero Virtudes sólo quería una foto entre las rosas. Las rosas rosas, rojas y amarillas del parque de su barrio. 


Virtudes ya es una triunfadora. Tiene 80 años (¡ahí es poco!) y me imagino cuántas decepciones, tragos amargos y baches a sus espaldas. Pero, milagrosamente, sonríe como si tuviera 15 primaveras. Porque sigue enamorada de su marido, después de 55 años de matrimonio y 14 años de noviazgo. Porque tiene nietos, también triunfadores, repartidos por todo el mundo. Inglaterra, Nueva York, México... Son algunas de las paradas que ha realizado en su camino. Quién se lo iba a decir a ella cuando era tan sólo una niña jugando en el patio de alguna blanquísima casa de pueblo andaluza. 

Virtudes se acercó a nosotras porque su sueño aquel día era fotografiarse junto a las rosas. Y lo cumplió. Aunque nosotras sospechamos que sólo era una excusa para llevar a cabo una misión mucho más importante: hablarnos. Ella nos contó cosas sobre su magnífica vida, y quién sabe si por casualidad, obvió lo malo y se centró sólo en lo bueno. Su único reproche no fue sobre su mala salud, la dejadez de sus hijos o la política, sino sobre el hecho de no poder apretujar a su biznieta, que vive en otro país. 

Virtudes nos recordó que los problemas diarios, por mucho que a veces nos engullan y abrumen, son sólo pasajeros. Que dentro de 60 años, cuando tengamos su edad, ninguno de los problemas o dudas que nos absorben ahora permanecerán. Que todo pasará por el camino. Se esfumarán algunos conflictos, llegarán otros, quizá peores. Pero, lo he decidido, haré lo que sea, lo que sea, para llegar a la octava década de mi vida bailando, sonriendo y contándole batallitas a algún par de jovencitas "con cara de buenas personas". 



Virtudes sólo quería hacerse una foto con la rosas, o eso nos dijo. Yo creo que ella nos eligió cuidadosamente, entre todas las personas del parque, para confiarnos su historia. Creo que ella intuyó que necesitábamos su testimonio para recuperar la esperanza en una vida mejor, más sencilla, más alegre. Su relato, felizmente desordenado, nos envolvió de cariño y trascendencia, y nos olvidamos de todo lo demás.

Gracias, Virtudes.

Gracias, G. No hubiera sido lo mismo sin ti. 

martes, 23 de abril de 2013

Las historias de mi vida

El olor a papel nuevo, o mejor aún, viejo y polvoriento. El tacto áspero de las hojas. Las esquinas dobladas que indican parones imprescindibles en futuras re-lecturas. Lo bien que quedan en cualquier sitio: encima de la mesita de noche junto a las gafas, al lado de una infusión calentita, esperando ordenadamente en la estantería, o sobre la cama, entre las sábanas. 

Esa impagable sensación de aislamiento, de perder voluntariamente la noción del espacio-tiempo. De zambullirte en personajes, lugares, historias... Vivas imágenes mentales que las ocasionales versiones cinematográficas se encargan de mancillar. 

Los libros. La lectura. Leer (escribir). Imaginar. Pensar (o dejar de pensar). Creer. Replantear. Aprender. Descubrir. Todo esto y mucho más es para mí un tomo de páginas grapadas, recogidas entre dos tapas. Todo lo que te haga evadirte, ganar algo que no tenías cuando empezaste a leer. 

Cuando aún no alcanzaba una década de edad, descubrí que me gustaba leer gracias a Amelia Jane, una traviesa muñeca y el resto de amigos juguetes que cobraban vida cuando nadie miraba. Algo así como un Toy Story antiguo, pero con mucho más encanto. Luego, un Barco de Vapor me condujo por cientos de caminos con sus historias: sus Lúas, sus Susi y Paul, sus fábricas de nubes y su inventor de mamás. Entonces era poco más que una forma de diversión. Pero, ¿qué es si no la lectura? 


Que sí, que me encantó descubrir a Neruda, sus 20 poemas de amor y su canción desesperada, cuando apenas contaba 15 primaveras. Tanto, que hoy sigue siendo uno de mis libros favoritos. Nunca le he visto la gracia, lo confieso, al Quijote ni al Lazarillo (y ahora podéis matarme). Me fascinó descubrir la imprescindible versión de África de Kapuscinski en Ébano, ya bien crecidita en la facultad. Y aprendí mucho sobre lo que es de verdad el periodismo con Riebenbauer y Georg Heinz. 

Pero los mejores momentos cerca de un libro los pasé con los misterios de los best sellers de Mary Higgins Clark o Carlos Ruiz Zafón. Con el Caballero de la Armadura Oxidada, que inauguré en 1º de la ESO, y he entendido por fin ahora, con casi un cuarto de siglo a mis espalditas. Muriendo de miedo con la colección Pesadillas y de risa con El Pequeño Vampiro. Secando mis lágrimas en mi Libro de las buenas noches, que siempre me saca una sonrisa. Y tantos, tantos otros tomos, más o menos importantes, algunos de escasa calidad literaria, que me han hecho reír, llorar y divertirme.




Hoy va por esas pequeñas grandes historias que hacen que seamos como somos, que algún día nos arrancaron una sonrisa, y que aún recordamos con cariño. 


martes, 16 de abril de 2013

Gente chicle

Gente chicle del mundo,

Sabéis que sois gente chicle porque, a veces, por no decir casi siempre, os sentís fácilmente maleables. Flexibles, dicen los demás. Pero lo cierto es que muy a menudo sois barquitos de papel con las velas desplegadas navegando al son de diversos vientos. Vuestras ilusiones se hinchan y explotan como globos de chicle. Y lo único que podéis hacer es dejaros masticar por la realidad dentada correspondiente.

Gente chicle del mundo, no os preocupéis si os sentís descompuestos, débiles o vulnerables. No lo hagáis, porque sois irrompibles, inquebrantables. Un chicle se estira, toma forma, se infla y desinfla, pero no se puede destruir. 

Gente chicle del mundo. Es mejor ser rosa y blandito, que duro y frío como el acero, la madera o el vidrio, pues éstos se quiebran con los golpes, y ya no hay nada que uno pueda hacer. Una abolladura en el capó de un coche, es una abolladura en el capó de un coche. Una ralla en el vidrio es una ralla en el vidrio. Una quemadura en la madera es una quemadura en la madera. Pero el chicle se recompone. Se estira, se parte y se vuelve a juntar. Se hace bolita y se ríe de los tipos duros.

Viva la gente chicle.



sábado, 13 de abril de 2013

El tramposo señor del bigote

-¿Cómo puedes saber si estás haciendo lo correcto? Es tan difícil a veces...

- Es más fácil de lo que parece. Cuando sientas que no entiendes nada, entonces estarás obrando correctamente.

- ¿Cómo? ¿Cómo puede ser?

- Bueno... Nos obsesionamos con medirlo todo, con pensar con el cerebro, que es muy útil cuando se trata de cosas lógicas. Pero el amor es ilógico. Emplear el cerebro para entender y guiarnos en el amor, es como utilizar un cincel para pintar un óleo. No es la herramienta adecuada.



- Mmmm... Ya, sí, pero escuchar sólo al corazón es un comportamiento totalmente kamikaze e irresponsable. Las emociones falsean la realidad. 

- Pues no sé, yo más bien creo que hemos atribuido al cerebro el aspecto de un tipo serio, con bigote y corbata, que no se deja engañar, que lo tiene todo atado y bien atado, mientras que al corazón nos lo imaginamos como una niñita malcriada, llorona, caprichosa y, sobretodo, muy cabezota. No sé, a veces me pregunto por qué tiene que ser así. Por qué a lo que nos dice uno tendríamos que darle más valor que a lo que nos dice el otro. ¿Qué pasaría si el corazón, que es sin duda el instrumento adecuado para entender el amor, nos gritara la verdad y, nosotros, estuviéramos perdiendo el tiempo escuchando la tramposa voz de la razón, que sólo nos quiere confundir? 

- Entonces el corazón sería como el protagonista paranoico de una película al que los malos quieren encerrar en un psiquiátrico, al que nadie cree, salvo el espectador, que sabe toda la verdad.

- Pues eso.

martes, 2 de abril de 2013

Explosión de chocolate, patatas fritas XXL y otras exageraciones publicitarias

Lo confieso. Me da miedo, pavor, utilizar esa crema dentífrica super-hiper-blanqueadora que anuncian en la tele por si me despierto con los dientes fosforescentes como Ross Geller en un capítulo de Friends. Me pasa algo parecido con el rimmel. Pues sí, claro que quiero unas pestañas más largas y tupidas, pero al estilo Audrey Hepburn, más que a lo jirafa de la sabana africana. Porque, que queréis que os diga, con eso del "ahora tus pestañas, tres, cuatro y hasta veinte veces más largas" al final más bien parece que las modelos y famosillas lleven adheridos a los párpados auténticos cepillos de caballo.





Mi pregunta es: ¿nos hemos vuelto locos? Mi auto-respuesta: afirmativo. La publicidad es cada vez más grotesca, más desproporcionada, más monstruosa, diría yo. Ahora, los rollos de papel higiénico son más grandes que mi cabeza (claro, es que me "regalan" el 20%). Las patatas fritas son tan grandes que no le caben a uno en la boca. Y tan, tan crujientes que comerlas provoca un efecto mariposa: el "crunch" de la patatilla que me como en el salón de mi casa genera unas ondas que se transmiten por aire, tierra y mar y hacen tambalear los cocos de las palmeras de Honolulu. Cuidado, es que son patatas "XXL con supercrujido bestial y atronador".

La parte buena es que ahora no hace falta drogarse para vivir una auténtica "experiencia sensorial". Mascar un simple chicle de sabor "intenso y supersensación" te puede hacer ver chiribitas. Y el café que hacen ahora... Eso sí que es intensidad. Auténtico aroma y sabor que te harán sufrir un ataque epiléptico.

Por cierto, chicas, para las que os gusta ir siempre monísimas y os fastidia tener que retocaros el maquillaje constantemente, ahora anuncian unos pintalabios indelebles, rollo tatuaje forever and ever. Eso sí, atinad con el color (y con el pulso), porque son tan resistentes (24, 48 y hasta 2385 horas) que no cabe arrepentimiento alguno. 


Y hablando de arrepentimientos y esas cosas, los preservativos ya no son ese antiguo y simple método anticonceptivo. Ahora resulta que con un pedazo de látex se puede resolver el eterno problemilla de desincronización sexual entre hombres y mujeres. Ahora el clímax conjunto es posible (¿cómo? Ni idea, pero lo dice la caja...) gracias a unos condones inteligentes que, cualquier día de estos, ya hasta llevarán una dinamo incorporada. 

Me gustaría terminar este despotrique publicitario con el elemento estrella. El protagonista de los mayores excesos y desproporciones de los anuncios. El chocolate. Y es que en estos tiempos, todo, y digo todo, lleva MÁS chocolate. Donuts rellenos y también bañados a los que les das un bocado y acabas pringado hasta las cejas. Porque todo lo que llevaba chocolate por dentro, ahora lo lleva también por fuera. Tarros de Nocilla tamaño barril de vino. Galletas con un quilómetro de crema de cacao que, te comes una, y ya no cenas. En la publicidad actual, todo es una "explosión de chocolate". Nunca hay suficiente. Y lo cierto es que esta parte es la que menos le molesta a esta golosa criticona y, lo sé, un tanto exagerada.



jueves, 14 de marzo de 2013

El del día que Romi se llevó la palma

Por si quedaba alguna duda, me encantan los gatos. Bueno, me encantan todos los animales. De pequeña perseguía hormigas, rescataba gorriones caídos de árboles, contemplaba, decepcionada, el milagro de los gusanos de seda. Aprendí a cuidar antes de Lucky que de mí misma,  me montaba encima de los pastores alemanes de mi tía, que me doblaban en tamaño, y soñaba con llevarme a casa a alguno de esos perros turisanos abandonados que te perseguían hasta la puerta de tu casa. 

Pero lo mío con los gatos es adoración. A diferencia de lo que piensa mucha gente, que los ve fríos e interesados, los gatos son tan, tan, humanos... Pasan de fulminarte con una gélida mirada a restregarse por tus piernas o manos pidiendo mimos. Cuando menos te lo esperas, les da un "flus" y empiezan a correr por todo el pasillo, con doble salto mortal en las paredes incluido. Y, claro, te tienes que reír. Son tan pasotas como adorables. Andan con la majestuosidad de los leones, pero cuando se lavan la cara, vuelven a ser cachorritos indefensos. Lo que más me gusta de los gatos es cuando te miran con esa cara de no haber roto un plato en toda su vida, y tú te acuerdas del "Día en que se llevó la palma". Hablo de Romi, claro está, y de ése día con nombre propio en mi familia, como un capítulo de Friends, en el que mi querido Romi, entonces mini Romi, se lanzó a la bañera llena de agua en plan suicida, tiró y rompió varios objetos, incluida la jaula del pájaro, y algún despropósito más que ahora no recuerdo. 


Romi es ese peluchito (vale, peluchote) de color canela y blanco que pulula por mi casa y lo llena todo de pelos (y alegría) desde hace 13 añitos, nada más y nada menos. El que se vuelve loco cuando oye abrirse la puerta del armario donde guardamos su cepillo. El que no conoce una caja lo suficientemente pequeña como para no intentar meterse dentro. El que me persigue por toda la casa maullándome como si intentara decirme algo clarísimo. Y yo volviéndome loca porque tiene comida, agua y la mantita en su sitio. El que viene a recibirme cuando llego (¿quién dijo que eso sólo lo hacían los perros). El que me contesta cuando le hablo (y esto lo puedo demostrar). El que, en estos momentos, está roncando a mi lado en el sofá (le perdonamos, que ya es viejito).


Hay quienes adoran a los animales de compañía. Hay quienes los cuidan como hijos, quienes les ponen disfraces absurdos o los meten en bolsos sobaqueros. Hay quienes los ven como un objeto útil que se come los ratones y asusta a los merodeadores. Hay, por supuesto, quienes los maltratan y desprecian. No me detendré ni un segundo a calificar a estos proyectos fallidos de personas humanas.

Hay quienes compartimos nuestra vida con ellos, los respetamos y los queremos. Quienes sabemos que les damos tanto como ellos nos dan a nosotros. 

º



martes, 12 de marzo de 2013

Pasado vintage

Revolotea a mi alrededor, estos días, la palabra "retro". Echo mano de mi diccionario mental, en esa base de datos infinita repleta de recuerdos, palabras, letras de canciones y miles de toneladas de "basura espacial" que es nuestro cerebro. Para mí, algo retro (dícese también vintage) es algo antiguo, que pertenece al pasado, pero que ha cobrado un nuevo valor, generalmente estético, en el presente. Algo así como ser anticuadamente chachi, o como si el pasado, por el simple hecho de haber desaparecido y no ir a volver, duplicara su valor. 


Mmmm... Me suena. Cuantísimas personas viven aferradas a un pasado que, revestido del precioso y romántico velo de la nostalgia, les parece tan fantástico, tan maravilloso. Qué fácil es olvidar que ese pasado fue algún día nuestro presente, y de él nos quejábamos, porque no era ni tan fantástico ni tan maravilloso. Supongo que es muy sencillo, demasiado, refugiarse en el "cualquier tiempo pasado fue mejor". ¿Por qué? Bueno, es como echarle la culpa al otro. Como mirar hacia otro lado. Es el recurso fácil porque volver al pasado es del todo imposible. Y es esa imposibilidad y la consiguiente impotencia la que nos mantiene hablando en pasado ("qué feliz era, qué fácil era todo, qué tiempos aquellos"), en lugar de vivir y pensar en presente. 

Yo, por suerte, no suelo tener ese problema. Que sí, que a veces me atrapa la nostalgia y pienso que todo era más sencillo cuando la única preocupación era no salirse de la raya con el Plastidecor o completar la colección de cromos de Aladdin. Pero, generalmente (no siempre), soy más feliz en el presente que en el pasado, por difícil que éste sea. Es lo que tiene ser una optimista sin remedio, y fijarse todo el tiempo en lo aprendido, en lo que es mejor ahora que antes. En estos tiempos, me es especialmente fácil hacerlo. Porque aunque el mundo se desmorona a mi alrededor, no hay trabajo, hay desmotivación y una crisis de valores mucho más grave que la económica, me siento bien y albergo esa paz irracional que desafía a todo lo que puede ir mal o va mal.

Y bueno, básicamente eso es lo que me ha venido a la cabeza esta mañana cuando he despertado después de otra noche soñando sin parar. Soñando sobre el pasado. Y, aunque siempre me ha gustado lo retro, y últimamente más, al volver a la realidad he pensado: "pues menos mal que hoy sigue siendo hoy, y ayer fue ayer y ya no volverá".